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Para cambiar mi mundo
Hoy es un día de esos en que la humanidad se me hace hostil, violenta, peligrosa. En esos días, no veo junto a mi otra cosa que miradas cargadas de egoísmo y rostros envilecidos.
Incluso yo, asomado al espejo, devuelvo una imagen torva, mísera. Hasta la ciudad de siempre, en días como estos, se vuelve un sitio oscuro y opresivo. Es por eso que, en días así, prefiero no salir de casa. Temo por los míos, por aquellos que quiero. Es en esos días que me asusta ser capaz de entregarme ante la naturalización de la muerte, el abuso y la injusticia a que nos acostumbran, en dosis preestablecidas, periódicos y noticiarios. Sospecho, con cierto espanto, que el mundo, en un día de estos que describo, se parece mucho a nosotros mismos, a nuestra cruel y desgraciada esencia. Esa que marca el sino de un planeta que autodestruye los recursos fundamentales para la vida. Y, en primer lugar, al hombre mismo. Soy consciente de que, en un día así, los más bajos instintos de la perversión del poder están haciendo perecer, en nuestras propias narices y sin que haya posibilidad alguna de impedirlo, a la verdad y a la honradez. Entonces, pienso, cada vez que se repite uno de esos días, que no hay revolución posible; y que ninguna lucha vale la pena porque hasta los referentes que ayer conservaban cierta dignidad se hunden hoy en el fango de la mentira, la simulación y la más vergonzoza hipocresía. Y, mientras tanto, las utopías que abrazamos entonces apenas sobreviven en alguna vieja canción que se repite hueca y desgastada. Ya casi no quedan sueños en este chiquero de vanidades. Muchos se han convertido en pesadillas corrompidos por sus propios impulsores. En esos días me convenzo de que la lucidez es la vecina más cercana de la locura y que hasta el amor zozobra ante tanta inmundicia. En un día así no tengo mayores aspiraciones que buscar un refugio tibio, amable y seguro. Y cada vez que me toca, como hoy, uno de esos días, confirmo que sólo tus ojos y tu sonrisa pueden cambiar mi mundo.
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